8/12/07

Reseña Derechos humanos, mito y realidad

Osvaldo Lira Pérez:

Derechos Humanos, mito y realidad

Ed. Nuevo Extremo, Santia­go, 1993 (199 págs.)

El autor analiza los siempre controvertidos Dere­chos Humanos desde una perspectiva diferente a la que a primera vista pudiera pensarse, debido a una visión teocéntri­ca que impresiona por lo fuerte y fundamenta­da, que hace que el P. Lira no olvide en ninguna línea de su obra que somos creaturas de Dios. Es una idea que debe tenerse perma­nentemente en cuenta, porque es la base sobre la que se funda­menta su exposición.

Parte el autor señalando que los Derechos Humanos no son el gran descubrimiento que pretenden ser a partir de los dos últimos siglos, y que por el contrario, han exis­ti­do desde que el hombre es hombre. A primera vista pare­ciera que se refiere al aspecto material, al contenido del Derecho, pero va más allá: el que existan Derechos Humanos tiene su razón de ser en que no estamos solos en el Universo, y que es impo­sible pasar por alto al Creador. En una palabra, que Dios tiene, más que nadie, derechos, llamados por esta razón, Dere­chos Divinos.

Esto pareciera fuera de lugar en un mundo como el de hoy, poludido de antropocentrismo, en que el hombre se erige en centro absoluto de atención, lo que llega ──a primera vista de manera contradictoria── a ser nocivo para el propio hombre, ya que sin el Creador, la criatura se diluye. Ahora bien, el hecho de centrarse en el Ser Subsis­tente no conlleva en absoluto el olvido del hombre, porque «la causa es más el efecto que lo es el efecto», al ser este último imposible sin dicha causa.

Por eso continúa el P. Lira sosteniendo que los Dere­chos Humanos ──entendidos como el Derecho todo que posee el hombre por ser tal──, han existido siempre. Pero era lógico que antes no hubiera esta verdadera obsesión por los mismos como en la actualidad, ya que «los valores humanos quedaban no, por cierto, rechazados ni desco­nocidos, sino simplemente opacados por el fulgor que despe­dían, de suyo, los valores divinos... [lo cual] no signi­ficaba, por supuesto, rechazar los valores humanos, sino saber poner­los en su sitio adecuado». Más aún, mediante la gracia deiformante, la digni­dad humana alcanza niveles absolu­tamente inconmensura­bles, porque a nuestra naturaleza de animal racional, se suma la de «hijos adoptivos de Dios y hermanos segundones de Cristo», alturas ni siquiera imaginables sin la visión teocéntrica.

Esto se rompe a partir del siglo XIV, proceso que terminará en lo religioso con la Reforma Protestante, lo que tendrá como consecuencia un aumento cada vez mayor del aprecio de los «valores sensoriales». Por eso, en la actuali­dad se insis­te tanto en los Derechos Humanos, aunque sin precisar su real signifi­cado, funda­men­to ni alcance. Hay una especie de obse­sión terrenal y un consiguiente olvido de nuestra trascen­den­cia, sustituido por un frenesí hacia los valores sensoria­les, todo lo cual hace que prime la materia sobre el espí­ritu. Como hay que buscar un sucedáneo a la trascen­dencia, se erige el propio hombre en centro de adoración, razón por la cual los Derechos Humanos pasan a ser sacrosan­tos, «talismánicos», escon­diendo muchas veces esta actitud un rechazo solapado de Dios. Se pretende, de esta mane­ra, que no hay valores que los superen y que son,por ello, sobera­nos.

Consecuencia lógica de lo anterior es que la visión de las cosas resulte deformada, porque de manera sistemática se huye de las esencias, de la naturaleza objetiva, convirtiéndose las discusiones en una nueva «Torre de Babel». Así entonces, no es de extrañar que exista una ausen­cia de definiciones claras sobre los Derechos Huma­nos, recurriéndose a los consensos para determi­nar lo que se considera "verdadero", o "políticamente correcto", al pensarse que cada uno posee "su verdad" y que el tratar de imponer la propia convic­ción a los demás, incluso por el convencimiento, es un acto totalitario.

Este fenómeno es ampliamente comentado por el autor: debido al alejamiento de Dios de la visión del mundo, se deja de ver en cada hombre la imagen divina para ser concebido como un «ente de razón o intra­mental», es decir, un concep­to abs­tracto y universal de ser humano, de "hombre", entendido como una producción "en serie", lo que ──por cier­to── no existe en la realidad sino sólo en la mente de sus culto­res. A este respecto ──siempre guiado por un teo­centrismo inclaudicable──, insiste el P. Lira que esa concepción es inaceptable, porque Dios no crea "en serie", ya que repetir en forma exacta dos seres implicaría una limitación suya; luego, no caben dos perso­nas idénticamente iguales.

El otro pilar del actual fenómeno democrático es el aforis­mo de que «el igual manda al igual, precisamente por ser su igual», con lo cual, la mayoría sería la única fuente de auto­ridad. Sin embargo, observa el autor que para mandar se requiere que exista una jerarquía, es decir, superioridad del que detenta la autoridad e inferio­ri­dad del que la acata, lo que resulta imposible si todos somos igua­les, resultando la idea de que «el igual manda al igual», un sinsentido. Es más: este sistema de cosas altera «el buen orde­nar o mandar como el buen obedecer o acatar», pues no hay forma de explicar cómo surge la autoridad si todos nos encontramos al mismo nivel, puesto que nadie puede dar lo que no tiene. Además, de ser autónoma en su origen, ¿qué límites le cabrían a dicha autoridad?

Atendida la total falta de las esencias en el tema que nos ocupa, el autor insiste en la impe­riosa necesidad de partir por definir lo que se entiende por "derechos" y poste­riormente hacerlo con la terminología "Dere­chos Humanos". Es la única manera de llegar al «ser-en-sí» de las cosas y descu­brir su realidad; aunque por cierto, al hacerlo se desemboca necesaria­mente en una visión teocéntri­ca. Por eso, para que no quede duda de su propósito, señala más adelante que definir implica «poner fines o establecer térmi­nos», lo que conlleva indagar en lo más profundo de aquello que se desea definir. De esta forma, "derechos" son «valores adjetivos o accidentales», que han de relacionarse necesariamente al ser a quien acceden, esto es, la persona humana. En consecuencia, la defini­ción de "dere­chos" pende del concepto que se tenga de hombre.

Pero para llegar a definir este último, hay que acudir ──como se dijo── necesariamente a las esencias, tan rehuidas en la actualidad. En efeto, los que más perorean sobre los Derechos Humanos se quedan en las meras apariencias, en los fenómenos, los accidentes. Pero la lógica dice que es inevita­ble desembocar en el universal, porque éste posee consistencia y «solidez entitati­va», la que por cierto, no se inventa, sino que se descu­bre y acepta.

En cuanto a la calificación de "humanos", el autor considera que en su verdadero sentido llevan implícita la idea de que hay derechos extrahumanos. Por eso, como los animales irracionales no pueden tener dere­chos, sólo quedan los Dere­chos de Dios. Así entonces, «la existencia de Dios creador y providente es una condición sine qua non para que se den, efectivamente, derechos y deberes propiamente dichos».

Atendido lo anterior y desde esta perspectiva, el autor define "Derecho" como «una relación o vínculo que liga las personas con ciertas cosas o entidades, y, a la vez, relaciona las personas entre sí». Nótese bien que, pese a estar hablando de derechos subjetivos, no los concibe como facultades sin ton ni son, sino que bajo la idea de relación.

El anterior análisis resulta fundamental para hacer caer por su base una creencia sumamente extendida en nuestros días: que los Derechos Humanos ──entendidos sí en este caso como Derechos Fundamentales──, son absolutos o soberanos. Esto es lógicamente imposible, porque se daría el absurdo de que lo que accede al sujeto sería mayor que éste. Por lo mismo, con el predicamento actual de que uno puede mandar a otro precisa­men­te por ser su igual ──lo que el autor refuta constan­temente a lo largo del libro──, tendríamos que, como se debe acudir al consenso absoluto ──en el sentido de poder éste decidir cual­quier cosa──,la mayoría acabaría tornándose avasalladora y totalitaria.

El problema de fondo sigue siendo la distin­ción entre sustancia y accidente, y más profundamente, subyace la idea de que el orden de las cosas es algo a descubrir ──aunque sea parcialmente──, no a inventar, porque el misterio del ser sobrepasa nuestro limitado entendimiento. Pero que posea­mos un conoci­miento aproximado o parcial, no quiere decir que sea erróneo. En suma, propugna el P. Lira la verdad lógi­ca ──esto es, la adaptación de la inteligencia a la cosa── y la verdad ontoló­gica ──o sea, la adecuación de la cosa a la inte­ligencia──, siendo por ello, la primera un caso parti­cular de la segunda.

E insiste nuevamente que, antes de existir, somos creaturas, por lo que nuestro existir debe comenzar no por el ejercicio de nuestros derechos, sino por el cumpli­mien­to de nuestros debe­res para con Dios, teniendo para esto un buen ejemplo en la parábola de los talentos. Al ser de esta manera administrado­res de nuestra existencia, es imposi­ble que nuestros derechos sean soberanos.

Es esta la pieza fundante que le da sentido al problema: sin Dios, los llamados Derechos Humanos se con­vier­ten en un «conjunto más o menos amplio de actitudes arbitra­rias desprovistas de toda razón auténtica de ser», al no tener una visión clara de los fines del hombre. Los dere­chos «sólo expresan actitudes arbitrarias y apriorís­ticas... [y en definitiva] sólo se proclaman, se vocean, pero no se fundamentan ni motivan», sino que se pretende apoyarlos en un consenso, que puede cambiar en cualquier momento de parecer. Es esta situa­ción la que ha traído el sinsentido de que en la actualidad existan derechos sin deberes correlativos, escudados en una falsa y deformada "libertad absoluta", con lo que «terminan por mani­festar lo que son en verdad: ni derechos ni humanos».

Si se los pretende soberanos, la única salida posible al dilema de que todos estemos en pie de igual­dad, es recurrir al pacto social, lo que puede dar origen a cualquier cosa, siendo en el fondo, una imposición de la mayoría. Pero «desde que los matemáticos nos advierten que la suma es de por sí de la misma especie que sus sumandos, tanto vale que una ley vaya apoyada en la opinión de uno solo como que vaya fundamentada en una mayoría». Esto sin entrar en el comple­jo problema de establecer una jerarquía entre los mis­mos, cosa imposible si todos son «absolutos». A este respecto, se des­prende que si los derechos y deberes tienen una jerar­quía, debe existir necesariamente un punto de referencia que contie­ne en sí un valor absoluto: ­Dios. Por eso, lo más y lo menos se entienden solamente gracias a esto, según ya observa­ba Santo Tomás de Aquino.

Particularmente interesante resulta el primer apén­dice del libro, titulado El derecho a la vida, en el cual se señala que «lo primero que debemos dejar bien establecido es que el individuo racional no tiene derecho a la vida». En efecto, esto es perfectamente explicable si se re­cuerda la visión fuertemente teocéntrica del autor, ya que «ningún ente contingente tiene derecho a vivir, precisa­mente por su misma contingencia». Es decir, no tenemos en nosotros mismos la razón de nuestra existencia; sólo existimos porque Alguien nos ha creado y nos mantiene en ella; esta­mos ──preci­samente por nuestra contingen­cia──, indeter­mina­dos a exis­tir o no existir. Ahora bien, en el caso de tener realmente un "derecho a la vida", Dios se hubiera visto obligado a crear­nos, lo que resulta ilógico.

Lo anterior no debe ser mal interpretado; si no tenemos derecho a la existencia ante Dios ──al ser ésta fruto de su Poder y de su Amor──, debemos por lo mismo, cuidarla, administrarla adecuadamente, siendo un buen ejemplo nuevamente la parábola de los talentos.

En consecuencia, el "derecho a la vida" no se refie­re al "derecho a recibirla", sino que al derecho a conservarla una vez entregada graciosamente por Dios, lo que de paso, lleva a «reconocer el dominio absoluto y soberano de Dios sobre nosotros». En efecto, dado que existimos y nos mantenemos en la existencia gracias a Su poder, es evidente que no nos pertenece­mos a nosotros mismos, no pudiendo de este modo, disponer arbitrariamente de la vida, pues en realidad, no es nues­tra. De esta manera, el derecho a la vida implica el deber de respetar la de nuestros semejantes, porque la causa de noso­tros, seres con­tingentes, es Dios; y como la causa es más el efecto que el efecto mismo, conlleva un respeto hacia el mismo Dios.

Más adelante el autor trata el controvertido tema de la pena de muerte ──en el cual hace una muy interesante relación entre esta pena y el origen de la autoridad── y el no menos actual del aborto. Respecto de este último, la pregunta clave a su juicio es saber cuándo se informa el embrión mediante el alma que recibe de Dios. ¿Es de inmediato o a posteriori?

Sin dudar, sostiene el P. Lira que apenas se ha realizado la fecundación se produce la infusión del alma. En realidad, la lógica y el buen sentido no pueden decir otra cosa, porque «de afiliarnos a la segunda [hipótesis], nos encontraría­mos con que el animal racional ... sería el único y solo [ser] que se vería privado del privilegio de engendrar un vástago que se le asemeje en su especie», con lo cual «el acto genésico considera­do en sí mismo, permanecería afectado de una imperfec­ción compa­rativa» al resto de la naturaleza, lo que es impo­sible. Por eso con­cluye que el aborto es simplemente un asesinato.

Destaca por último el autor que no deja de llamarle la atención que los mismos que se presentan como grandes guardianes de los Dere­chos Humanos y ponen un grito en el cielo por la pena de muerte, sean tan celosos defensores del aborto. Con este argumento, se da el absurdo de que una persona sola, puede disponer de una vida inocente e indefensa, mientras la auto­ridad misma no puede tocar a quien es comprobadamente culpa­ble.

En conclusión, nos encontramos ante una obra que muestra una profunda erudición y fineza conceptual, aunque su lenguaje sea excesivamente duro y agresivo. Sin embargo, más que de "derechos humanos", el libro apunta al derecho natural, por lo que su título puede inducir a cierta confusión. No obstante, el contenido metafísico es perfectamente aplicable a aquéllos.

Max Silva Abbott